martes, julio 19, 2016

Sensibilidad compartida. Umbral y Amézaga.


*Amézaga


Me alejo de algunos amigos que me duelen. Me alejo de su hijo porque a ambos nos duele su recuerdo. Me alejo de algunos escritores a los que admiro y cuya relectura me sigue impresionando, quizá más de lo debido. Umbral, don Francisco, es uno de ellos, el principal en mi acervo de estanterías con sobrepeso. Si dios se hizo verbo, Umbral es su complemento directo. Un hombre, con sensibilidad de hombre, si es que tal cosa existe. Atuendo de alta costura con palabras, que bien podía acabar en volantes de seda o a cuchilladas a la altura de las rodillas. La sensibilidad masculina es así, rompe lo que más quiere. Umbral jamás rompió una frase sin que te quedaras con el corazón en un puño. Qué talento, y el talento de los demás, depende de los días, me anima o me deprime. Umbral era único en la literatura, en su prosa mágica de contundente realidad. Por eso, aunque tengo un libro suyo, tentándome con su lomo ceñido, me resisto y me alejo. Me da miedo y me duele un genio tan al alcance de la mano. Su literatura está llena de hallazgos, cada pocas frases un ungüento prodigioso. Me alejo de los que me importan porque me duele perderlos. Y he aprendido a que no hay remedio, al final los pierdes. Umbral perdió a su hijo cuando éste era aún un niño. Siguió escribiendo, ¿escribiéndole?, para recuperarlo. Sus memorias narradas como quien tira del prepucio para atrás, estremecen con una poesía sin versos. Umbral hablando de Baudelaire, “tristes jornadas del fantasma gris”; de Kafka, “el inteligente cadáver”; de Cela, “tremedal caído”; de Cernuda, “corazón de ónix”; de Picasso, “con sus garfios de navío”. La sensibilidad masculina sí que existe. Viva el machismo.

Extraído del libro "Reloj de Arena". 

miércoles, octubre 14, 2015

Los Pliegues Ocultos


Reseña sobre el libro.

“-Vivimos en los pliegues magníficos de una existencia arrugada.

Una parte de esa existencia universal es develada por el poeta Juan Planas Bennásar (Palma de Mallorca, 1956), al menos la que le corresponde descifrar sobre esos secretos entrañables de la vida,  que sólo a través del largo viaje de la experiencia y su reflexión es posible interpretar con un penetrante lenguaje poético. Aunque este ejercicio  hermenéutico no sea más que la sombra de lo verdadero, de lo que escapa a la posibilidad concreta del ser humano: “El Poema escrito aniquila al poema ideado” es más que justa para dejarnos una impresión enriquecedora, el objetivo final del arte.

El autor se sirve de pliegues poéticos para confeccionar la estructura primordial de su obra; pliegues distinguibles, entrelazados o mezclados, a dos voces se dirá, que evocan reflexiones monologadas, versificaciones escurridizas de una consciencia oculta que llama al ajuste más preciso y honesto, ya madurado. Es su sello particular.

“La sinceridad del deseo solo es comparable a la del poema.”

Si para el lector esta obra no es un poemario porque no cae en el rigor de la frecuencia del verso, favor remitirse a la siguiente expresión del artista:

“-quien quiera verso que corte los renglones por donde le plazca”. O si es acucioso, los descubrirá invictos resguardados entre  los mismos pliegues.

 Como ya se insinuó, Planas crea una travesía metafórica hacia el laberinto de los recuerdos, surcando la geometría del alma de las cosas; para ello  elude la frigidez de la contabilidad materialista y gramatical que imprimen el orden de nuestra cognición, nuestro hablar cotidiano, la frontera del entendimiento. Orden que no siempre le cuadra al poeta en sus cuentas íntimas para discernir esta aventura lírica y sapiente que nos traslada al espíritu que inundan algunas ciudades de Europa y de otras latitudes.

Como en toda obra ávida de amor, pero también con su accidental desembocadura, la melancólica tragedia romántica, no puede ser inspirada más que por una musa, en este caso baldía, que truene el látigo que excite a los corceles. Esta musa cuyas emanaciones eróticas sirven de eje por el cual se irán enrollando los pliegues en la rueda del tiempo. La efervescencia del poeta la dirige, procurando el ritmo y la velocidad necesaria, sin restricciones o impetuosidades absurdas. La musa es la encarnación de una beldad magnífica, y a la vez hiriente, común a casi todos los hombres, un arquetipo moldeado en la herrería del pensamiento donde también se forjará la base de  filosofías compartidas:

  “-Pero sólo somos lo que podemos ser.
Sobre esta ambigua posibilidad trata toda nuestra filosofía.”

Vemos a Planas, al poeta y al hombre (es la naturaleza trinitaria del protagonista) lidiar con los recuerdos de La Musa en “La Ciudad de la Letras”, o mejor dicho compuesta  por letras, hasta que el lector lo reconoce como un ángel caído en la vorágine de esas articulaciones urbanas que una vez le consumieron. Por supuesto que nada puede gozar de distinción sino es gracias a la luz y al prisma triangular que la filtra, creando entornos alegóricos de hermosa composición, aunque no por ello dejen de ser invadidos por ausencias y el dolor. Si bien estas aventuras de pareja parecen evocar desde luego una inquietante juventud, la imagen del Padre figurativo, del regidor y guardián del orden, de quien pone las piezas en el tablero cuya ira engendrará el caos al golpear con los puños la mesa, el universo, persiga y sojuzgue, siempre se podrá encontrar ese lado oscuro tras el ojo vigilante donde pueda habitar la intimidad liberadora, pues, ya trascurrida, sólo quedará de ella la “Arqueología Subterránea” de su propio recuerdo; que no es otra cosa que el precioso contenido escarbado por el lector.

Entre tanto pliegue carnal, volcánico, vivido a fuerza de extraños ritos; en el artificio de la vida o de la muerte; en la confusa abstracción de las ideas que van a parar incluso a sacos de basura; en esos pliegues ocultos se encuentra la esencia de la vida y, a falta de una gramática acertada que las haga tangibles, siempre tendremos la poesía para identificarlas con mayor deleite, sin necesidad de precisiones mecánicas. La obra del poeta habla por sí sola y por ello le trascenderá, en homenaje de todos aquellos que la inspiraron y seguirán moviendo.

Gracias amigo Juan, por enseñarme por donde anduviste. Allá a lo lejos.   

David Morán.
Tegucigalpa,

Octubre 2015.

viernes, septiembre 26, 2014

Inviolable


















La mujer que atrae con sus pétalos negros,
confunde con su perfume de celo,
constriñe con sus tallos espinosos
que desangran hasta la última gota.


Es ardiente hermosura
que acaricia el alba en la frente,
libera del hedor que guarda el alma pantanosa,
y mellando tus necias palabras
con un simple beso las borra.

David R. Morán.
Teguccigalpa
Septiembre, 2014.

lunes, junio 30, 2014

“El Artificio de la Realidad” (Novela).





La primera novela que publico, los invito ha descargarla, es gratis. Aquí la sinopsis. 

“El Artificio de la Realidad” cuenta la historia de Agustín Medina, humilde profesor de secundaria, que vive en su convulso país Honduras. Agustín comienza a experimentar una serie de síntomas físicos y psicológicos agobiantes, y presiente, con pavor, que se encuentra al borde de la locura. Con semejante predicamento, brega con una serie de ridículos impases hasta perderse en la confusa maraña de extraordinarias visiones, ya que “su realidad” ha sido trastocada desde los cimientos, hasta descubrir algo que muy pocos seres humanos saben que existe y posee gran influencia sobre la vida en la Tierra.


miércoles, mayo 21, 2014

El último vagón del último tren





A Karina Medrano. 
Nadia corre apresurada
a la estación del tren;
nadie la acompaña
en su larga travesía,
sola y vestida con donaire espera
a que el amor la bese
y se la lleve en el tren.

Nadia aguarda con discreción
y esperanza;
otras, como ella,
abordan cada vagón,
llevan maletas
donde custodian la estrella
con el ánimo de pegarla
en una nueva constelación.

todas caminan a paso lento por los pasillos,
mirándose con celo
mientras se leen el destino.
caminan con sutileza
pero dentro de sus pechos
hay temblores de una ansiosa locomoción.

Suena el pitazo
¡Nadia despierta de un sobresalto!
el tren comienza a partir
con las jóvenes que dicen adiós.
Nadia corre como gacela,
en su cabello una flor,
en sus manos el billete
que la familia le compró.

Nadie corre desesperada
tras el último tren,
Nada detiene la fiera marcha
del recorrido;
pero su flor palidece
por el largo sueño.
el ánimo se ausenta
y ya nada se puede hacer.

Nadia salta en un último esfuerzo,
todas las sujetan
para que no se caiga del vagón,
y desde el tren, ella mira,
la estación lejana.

Allá quedó, abandonado,
el amor que juró besarle los pies,
y la vio cómo se alejaba,
solitaria por siempre,
en el último vagón del último tren.

Poema incluído en el libro digital "La Guerra Ajena".
Ilustraciones: Felipe Solano. 
 

viernes, mayo 16, 2014

"Musicalidad de los tejados", un poemario de Adolfo Marchena.




El otro día me tocó platicar con un charlatán resabiado que, aparte de eso, me salpicó el ego con la acidez que produjeron sus idioteces. Para este personaje fue un intento, creo, por demeritar mi gusto por la poesía.

Como todo buen narcisista,  supo  tomar la palabra y poder retenerla el mayor tiempo posible, o hasta que su aliento y saliva se agotaron de tanta verborrea; sólo así pude tener chance (corto, por cierto; pues mi interlocutor se reponía con rapidez olímpica.) de objetar su ingenuidad cultural con respecto al idioma materno que hablamos: el español; luego afrontar el asunto "poético" que nos competía.

Me apena saber que hay personas cuyo desarrollo cognitivo no es capaz de sobrepasar el pensamiento concreto, tangible y medible con el cual, supuestamente, asumimos la realidad. Pues de otra forma sería capaces, no de comprender el significado de un poema o trozo del mismo, sino también de descubrir la musicalidad que habita en la más humilde composición poética ¡Y disfrutar de ella! Sabiendo de ante mano que la poesía va más allá del verso, a continuación cito un fragmento del poemario escrito por el amigo Marchena:

A dónde llegar sin voz
con un azuelo vivo
que dispersa las vocales
por las autopistas
de la tráquea

Podemos afirmar que  el pensamiento puede coger forma de ritmo, ese pulso posee una musicalidad que no puede ser reconocida por algunos idiotas. No quiero decir que, si alguien es incapaz de entiender un poema contemporáneo es un idiota, sino que el idiota, a pesar de aprenderse de menoría cierto poema debido, precisamente, al ritmo reiterativo de la musicalidad, no quiere admitir el valor artístico que ello supone, ya que su mente ha sido presa del minimalismo salvaje y vulgar de lo cotidiano. Lo que me recuerda otro trozo poético de Marchena:

“Habría que decir que
bajo los tejados habitan golondrinas
y que no todos los hombres miran  
hacia el cielo, salvo en determinados
eclipses que precisan de cristales rotos. “

Bajo los tejados habitamos nosotros, más que las golondrinas, y la musicalidad habita en ellos. En todo aquello que puede ser convertido en poesía. Ese mirar al cielo nos revela una verdad eclipsada por los cristales con que apreciamos nuestro entorno.

 “Ese hombre esa mujer adolecen
De la musicalidad de las formas.”

Hay quienes enmudecen su entendimiento ante el decoro de la naturaleza. De igual forma, ante la lectura de versos alegres y, desde luego, irónicos:

“Un brindis por su majestad la reina
Un brindis por los desahuciados
Un brindis por el exorcismo de Raimundo I
Un brindis por el desagravio del poeta”.

Algo más pernicioso todavía es que, otros tantos, por salvaguardar su ideológico proceder, mediante la corrección política implantada, comenten crimen contra la belleza de nuestro idioma, que entorpece la producción de esta musicalidad.

“En el siglo XXI las arrobas
Iban de la mano destrozando
La musicalidad de la entrepierna”.

“…en música del Jazz que evoca el poema”.  Tal parece que el arte inspira el arte. De aquí  Adolfo Marchena toma el ritmo que necesita para hacer poesía. Gracias a un séquito de héroes musicales que dominan el Jazz, a los cuales el poeta rinde homenaje en ciertos pasajes metafóricos, se puede disfrutar  “Musicalidad de los tejados”, como si de una partitura se tratase, mientras la voz, nuestra voz, es el instrumento que le proporciona vida.

Existe musicalidad en la intemperie, cabe añadir, donde se refugian hombres y mujeres que Marchena detalla, con analítica sutil y una pizca de crítica indeleble, que deja tras su rastro el sabor agridulce de la verdad.

Los que no están acostumbrados a leer poesía, deberían tener dificultad a la hora de entender algunas expresiones poéticas en dicho libro, o en otros. Sin embargo, esto no es algo difícil de superar. De ninguna manera. Puesto que "la complejidad" se logra esclarecer, y disfrutar, gracias a la cita que da apertura al libro en cuestión; es la clave (y llave) que debemos tener presente:

“Alguien: ¿Qué es el Jazz?
Duke Ellington: El Jazz no es el qué, es el cómo.”

Lo mismo se puede aplicar a la poesía. Por tal razón, diríamos que el Jazz es una forma de poesía; o que la poesía también puede manejarse como Jazz, y que la vida lleva implícita sus ritmos y entonaciones, de una diversidad casi infinita; más si se desdobla gracias a la imaginación. Esto es patente en la poesía de Adolfo Marchena que se puede disfrutar en su nueva entrega:


Saludos.

viernes, marzo 07, 2014

Un escritor




Neurótico que tiende al fantaseo en las horas ociosas; luchador infatigable contra la procrastinación y el infortunio del diario vivir. Dueño de su tiempo, pero que desprecia la administración y, como todo buen indisciplinado, odia la contabilidad de las letras; por ello nada le cuadra. Desprovisto de todo orden metodológico, víctima del propio caos mental, no escribe porque puede, sino cuando puede y como puede, pero, para su desgracia, no como debe. Hace caso omiso de los consejos a solicitud propia, para no terminar siendo un remedo de sus colegas amigos, otros seres extraviados en el mundo, cuya aspiración ingenua es la de llegar a ser sabios, y estar clavados en la posteridad, como mariposa cruzada por un alfiler, en una colección entomológica. Siempre se lee así mismo en los renglones de otros y, por más que lo haga, poco es lo que aprende. Se repite mil veces en distintas historias, se reviste en la ficción, jugando al escondite, para quedar al descubierto por quien lo escruta; su mejor logro: engañarse a sí mismo y a los que se le parecen. Casi siempre, sus lectores no le superan en inteligencia y cultura; mientras quienes lo rebasan, no le leen. Quienes lo adversan, callan; quienes le envidian, lo desacreditan; quien le teme, lo persiguen, confiriéndole más valor del que merece. Su espíritu de llevar la contraria lo torna insatisfecho con el mundo al que se circunscribe, por ello, muere en el intento, reescribiéndolo, rescribiéndose, reinventando cada momento que no puede ser vivido, sino ensayado por la divergencia de la mente. Es un mojigato de la ortografía ajena, aunque su editor descuelle sus barbarismos en secreto. Distorsiona la escritura para ser entendido, porque no entiende de escribir bien, ser legible, escueto y limpio; eso es impersonal, y lo suyo es escribir desde el egocentrismo hedónico, siempre redundante, irónico, cacofónico e hiperbólico; para pavonearse entre los ingenuos con figuras que lo delatan como un soso vanidoso, lastimero. Gana mucho dinero o se revuelca entre los vados de la pobreza que produce, casi siempre, su incomprensión mediata e infecunda melancolía. Es fuego o hielo, no cree, pues es incapaz, de vivir en el reino de las tibiezas. En su pregón comete la osadía de filosofar entre versos, o prosaica letra común, no yerra, sino que peca de ello. Por último, no es un intelectual, aunque se declare o lo consagren, tan sólo aspira a ser un alegre bribón y furibundo pendenciero, dueño de su propia arrogancia encubridora, que lo abriga y, al final, le traiciona.  

David R. Morán
Tegucigalpa
Marzo 2014.